Leyenda del Gallo Maldonado

En San Luis de Potosí se vivió una terrible epidemia de tifus durante el año 1918, de esas que van dejando cuerpos sin vida en la calle cual cenizas esparce un tabaco al aire. Policías, doctores y cualquier habitante del pueblo se dedicaba a recoger los cadáveres, llevarlos hasta el cementerio local y enterrarlos.

Sin embargo, uno de estos días tenebroso, la cantidad de cadáveres era abrumadora, al punto en el que la luz del sol no alcanzó para darle a todos sepultura y por esto, fueron dejados apilados en el cementerio, a cargo del cuidador que esos días estaba más aburrido que de costumbre durante las noches.

El miedo al contagio era tal que ya ni los saqueadores se disponían a transitar por el cementerio, por lo que el silencio, el frío y la noche eran las únicas compañías con las que contaba el cuidador del recinto.

Así comenzó la noche. Sin vida, sin bulla, sin nada, sólo el cuidador, su botella de aguardiente y su delicioso y reconfortante café con canela que esparcía un agradable olor por el lugar.

Luego de un largo trago de aguardiente para calentar el cuerpo, se dispuso a preparar su café en la olla tradicional, encantado con cada sorbo, cada segundo de olor de aquella bebida.

Primer olor y pensó “Este café levantaría cualquier muerto”, primer tragó y murmuró “Esto devuelve a la vida a quién sea”. Grave error. De entre los cadáveres se levantó uno, que tambaleando se acercó al cuidador y le pidió un trago.

Perplejo, el cuidador le dio el vaso y aquel cadáver le agradeció y se marchó, hasta que se perdió entre la niebla.

Se trataba de Luis “El Gallo” Maldonado, un joven muchacho que era conocido por su inteligencia, buena posición y habilidad en los estudios, pero que por motivos desconocidos, cayó en la influencia del alcohol, el mismo que le hizo caer desmayado en una banqueta y fuese confundido con un cadáver.

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